miércoles, 27 de marzo de 2013

Shelter.

Los meses pasaban, los días se sucedían sin avisar, sin dejar rastro, como el crimen perfecto.
El humo salía de las chimeneas constantemente, en un perfecto compás que dibujaba el viento tras su paso.
Las horas volaban, y los segundos a veces ni existían.
Hacía tiempo que se ahogaba dentro de un vaso vacío, era más débil, había dejado su muralla de lado.
Se escondía en el horizonte, lejos de todo, lejos de ella misma.
Le divertía perseguir a las ardillas por el parque mientras crujían las caducas hojas de otoño bajo sus pies. Y es que de una forma u otra todo comenzó allí, haciendo exactamente lo mismo y respirando el mismo aire, aunque este parecía haber cambiado con las estaciones, ahora era rebelde y disfrutaba enmarañando el pelo y ondeando las bufandas de quien estuviese en aquel lugar.
Aquella tarde estaba más despistada de lo normal, salió de casa sin avisar. No tenía idea de hacia donde ir.
Le apetecía estar rodeada de gente, pero sin nadie que la acompañase, aunque eso ya pasaba aún sin buscarlo.
Necesitaba la presencia de muchedumbre que pasease pensando en sus futuros pero sin entrar en su particular burbuja. Quería escuchar el murmullo que deja tras su paso la multitud, tan solo deseaba aquello para lo escuchar el silencio de su soledad que parecía haberla enfundado en el disfraz que mostraba al mundo. La apariencia de una adolescente alegre, con una mirada vivaz, cargada de entusiasmo, no obstante, aunque aquella fachada improvisada dejaba entrever por las rendijas que mostraba al mundo para que alguien un buen día decidiese salvarla.
No necesitaba un superhéroe que la salvase de un villano, tan solo que la rescatase de sí misma, de sus temores, sus dudas enfundadas, de tener que representar un papel que no le pertenecía, alguien que le demostrase que al menos significaba algo, que ocupaba un sitio en el mundo.
Ese día, después de haber tomado asiento frente un sauce y contemplar los claroscuros que ofrecía el cielo a esas horas de la tarde. El atardecer otorgaba distintos tonos anaranjados a las nubes, apenas salpicados por el vuelo de unas bandadas de pájaros. Cuando los distintos naranjas se reflejaban en sus ojos se producía un bonito efecto, como un segundo amanecer, tan solo sus pupilas marcaban el horizonte.
En unos segundos ocurrió todo.
Bajó su mirada, la cual se cruzó con una persona que tenía enfrente.
Era un caso curioso. Aquella chica contaba con un par de años menos a los suyos, pero eran tan parecidas...Es decir, no físicamente, ya que eran opuestas en ese aspecto, pero transmitía una sensación tan parecida a la suya que casi podían tocarse, casi podían unirse y formar una.
Y así, unas pupilas fijas en las otras se quedaron hasta que el cielo se tiñó de nocturno, después ambas se levantaron y sin articular palabra se fueron en direcciones opuestas a su siguiente destino.
Pero diréis, ¿cómo tan solo aquella diminuta porción de tiempo puede enmendar tanta tristeza contenida en una persona?
Pues porque se había encontrado, había encontrado por decirlo de una forma sencilla 'su mitad', aunque esto no es así completamente, simplemente eran dos almas que compartían los mismos sentimientos en silencio, y estos por fin pudieron explotar y gritar a sus anchas tras haberse encontrado.

2 comentarios:

Marina. dijo...

Las miradas también son una forma muy sincera de transmitir emociones y sentimientos. Y ellas gritaron con miradas, sin decir nada. Un silencio, que no lo era tanto, un silencio que manifestaba muchas intimidades.
Sería bonito que ocurriesen cosas así, aunque yo creo, que ocurre. Pocas veces, pero que ocurre.
¡Saludos!

María dijo...

Sí, quizás definí aquella conexión especial entre ambas porque de una u otra manera deseaba tener alguien así al lado en aquel momento, para que en el silencio fluyeran los sentimientos y las palabras que no era capaz de expresar oralmente.

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